Tercera Palabra

Tercera Palabra

Mujer, he ahí tu hijo… He ahí tu madre”.  (San Juan 19:26, 27)

Sufriendo sed, con los clavos rasgando los puños y los pies, sintiendo el ardor de los azotes y la corona de espinas clavadas en la cabeza,  Jesús ve a su buena  madre,  entre la multitud que estaba agolpada frente a él. Cargando con las transgresiones e iniquidades de todos los seres humanos, Cristo se acuerda de su madre. “Mujer, he ahí a tu hijo”. Amor profundo, sublime eterno, sublime y divino que el Dios hecho hombre demuestra a esta dulce mujer, que lo envolvió en pañales al nacer en Belén, que lo apretó en los brazos para huir de la espada de Herodes que quería matarlo muy pequeño, que después de tres días de búsqueda, lo reprendió cuando  lo encontró en el templo de Jerusalén, que lo recomendó en las Bodas de Caná de Galilea, que había “guardado todas las cosas que habrían de venir en su corazón”, se encuentra ahora al pie de la cruz. Es María, su madre.

Cuanto dolor hay en la vida de esta madre. Su único hijo, que tanto bien hizo al pueblo, ahora está colgado y crucificado en una  cruz. Temblorosa, con los ojos bañados de lágrimas, llena de dolor, se siente también abandonada y desamparada, aguarda una última palabra de su hijo. Y Jesús viendo y sintiendo el dolor de su madre le dice: “Mujer, he ahí a tu hijo” Después mirando a Juan “el discípulo amado” le dice: “He ahí a tu madre”.

Este es el testamento de Jesús. Juan tiene en María una segunda madre. María tiene en Juan un segundo hijo, un hogar donde pasaría sus últimos días y un hombre que cuide de ella. El evangelista concluye diciendo: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

 

Cristo cumple por nosotros el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”. El libro de Proverbios nos exhorta: “No desprecies a tu madre cuando la veas envejecer”. Aún en medio del dolor, el sufrimiento y la muerte, Cristo amparó a su discípulo y a su madre. En el día de hoy, él nos ampara: “Invócame en el día de angustia; yo te libraré, y tú me honrarás”. (Sal 50:14). El apóstol nos exhorta: Confíen en él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros”. Aún dentro de la gran multitud, Jesús no se olvida de ti.

“Pon tu vida al cuidado de Dios, confía en él y él vendrá en tu ayuda” (Sal 37:5)

Señor Jesús, ampara a este pobre hijo tuyo. Amén.

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