Segunda Palabra

Segunda Palabra

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (San Lucas 23:43)

Jesús en la cruz, le quedan muy pocos minutos de vida. ¿Qué harías tú sabiendo que te quedan unos pocos minutos de vida?

Uno de los malhechores que estaba al lado de Jesús, le quedan  muy pocos minutos antes de morir, tiene una petición a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v.42) Y Cristo pronuncia su segunda palabra desde lo alto de la cruz: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”

¿Quién es el hombre que implora: “Jesús, acuérdate de mí”? Ignoramos su nombre. Sabemos que era un malhechor, un ladrón, un bandido… Tal vez formaba parte de una cuadrilla de salteadores que se encontraban en las montañas. Tal vez era conspirador, un revolucionario que luchaba contra el Imperio Romano, un zelote. Sus actos lo llevaron a la muerte en la cruz. Y ahora,  está  al lado de Cristo suplicando: Señor, acuérdate de mí”: Al hacer esta petición, este hombre ya no era el mismo de antes. Con toda seguridad escuchó y vio todo lo que pasó con Jesucristo en Jerusalén. En el camino del calvario, vio el sufrimiento de Hombre Justo y sin pecado. Las palabras que Jesús dirigió a las mujeres de Jerusalén. Escucharía también, la primera palabra de Jesús:  “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y la Palabra de Dios, que no regresa vacía, hace eco en la vida de aquel agonizante hombre. Se arrepiente de sus pecados, y en seguida la súplica por su salvación: ¡“Jesús, acuérdate de mí”!

Cristo, escuchando el clamor de un pecador arrepentido, no establece condiciones, ni la enumeración de sus pecados,  ni penitencia, sino que con toda solicitud y prontitud atiende la súplica: “Acuérdate de mí” y le responde de inmediato: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¡Cuánto amor, bondad, y misericordia hay en Jesús!

¡Qué diferencia tan grande con el sistema religioso – filosófico-  medieval  tomista, que esclavizó y sumergió a la Iglesia en las tinieblas en cuanto, a la confesión, absolución y penitencia! En las palabras de Jesús, no existe exigencia de la “enumeración de pecados”, “ni penitencia post absolución”, “ni sistemas de indulgencias pagas por el penitente”, “ni purgatorio” y mucho menos, “misas de intercesión por  los difuntos”, “para sacarlo del purgatorio”. Los pecados de este hombre, que eran muchos, habían sido perdonados por completo” (Sal. 32:1). El sacrificio vicario de Jesucristo, canceló totalmente la deuda que había de nuestro pecado y enemistad contra Dios, a través del “derramamiento de su preciosa sangre y su inocente pasión y muerte”.  El perdón que Jesús da al pecador arrepentido desde la cruz, es un perdón completo e incondicional. Es un perdón de pura gracia dado por Dios, que viene a consolar a un corazón que en arrepentimiento y fe, confiesa su pecado y  confía en la pura palabra de Cristo, su Evangelio. No exige nada, ni de él, ni de sus familiares si es que estaban cerca. Jesús no exige nada este hombre, ni de ningún otro hombre,  porque las puertas de la eternidad estaban abiertas de par en par  para él, y Él lo pagó todo, absolutamente todo. Es por pura gracia, sin méritos y/o ninguna obra humana.

Cristo perdona a este  pecador que viene a él arrepentido,  confesando sus pecados, y le   da perdón completo, consuelo, paz, felicidad, gozo, y la certeza de tener vida eterna, que viene de la confianza en su muerte y resurrección. Así también lo hace con nosotros, cuando confesamos nuestros pecados y recibimos la absolución de Dios por parte del ministro que escucha nuestra confesión, así como también recibimos la absolución en el culto público o Misa. Hay gran alegría y saberse amado y perdonado por Cristo. Ven a Cristo que te llama con su mirada amorosa y su Evangelio: Y así, si en la hora de la muerte suplicas: “Jesús acuérdate de mí”. Él te dirá: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Señor. Gracias porque tienes compasión de mí, y me das completo perdón, paz y gozo. Amén.

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