Segunda Serie Devocional: Paz

Segunda Serie Devocional: Paz

Bienvenido a los devocionales de la segunda serie. Confiamos que a través de estas lecturas, su vida sera bendecida y transformada            por la Palabra de Dios.

Sábado, 23 de diciembre 2017

Misericordioso Dios de paz, haz mi camino recto, mi camino despejado. Elimina todos los obstáculos. Ayúdame a confesar mis pecados, arrepentirme y vivir tu Palabra. Que tu reino llegue a plenitud dentro de mí, mientras espero tu llegada. Amén.

Por aquel tiempo se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea. En su proclamación decía: “¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”

Juan era aquel de quien Dios había dicho por medio del profeta Isaías:

“Una voz grita en el desierto:

‘Preparen el camino del Señor;

ábranle un camino recto.’”

La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; su comida era langostas y miel del monte. La gente de Jerusalén y todos los de la región de Judea y de la región cercana al Jordán salían a oírle. Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.

Mateo 3.1-6 DHH

El pueblo de Israel esperó mucho tiempo a un Mesías, todo el camino de regreso a los profetas. En su mensaje de juicio y restauración, Isaías señala la llegada del Señor. “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto.'”(Isaías 40.3). Las mismas palabras se repiten en el Evangelio de Juan, esta vez atribuidas a Juan el Bautista quien anuncia a Jesús.

El mensaje de Juan el Bautista está lleno de urgencia. El reino de los cielos está cerca. Él recomienda a su audiencia alejarse de sus pecados. Prepararse. Preparen el camino. Hagan un camino recto. ¡El Señor viene!

También nos preparamos, con urgencia, para la llegada de Cristo. Durante Adviento preparamos nuestros corazones y mentes para recibir a Jesús. ¿Cómo lo hacemos? Confesamos nuestros pecados, despejamos el camino. Practicamos el arrepentimiento, enderezamos nuestro camino. Vivimos la Palabra de Dios, caminamos en los caminos de Cristo. Hacemos cambios internos y externos, dejando que el reino de Dios se acerque, llegando a su plenitud en nosotros (Lucas 17.20-21).

Elija una tarea como limpiar un cajón en su casa o quitar la maleza de su jardín. ¿Qué se siente al desordenar, organizar, limpiar? Mientras realiza su tarea, pídale a Dios que elimine cualquier pecado en su vida y lo lleve al arrepentimiento, preparándolo para la llegada de Cristo.

+ Oremos

Misericordioso Dios de paz, haz mi camino recto, mi camino despejado. Elimina todos los obstáculos. Ayúdame a confesar mis pecados, arrepentirme y vivir tu Palabra. Que tu reino llegue a plenitud dentro de mí, mientras espero tu llegada. Amén.

+ Leamos

Por aquel tiempo se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea. En su proclamación decía: “¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”

Juan era aquel de quien Dios había dicho por medio del profeta Isaías:

“Una voz grita en el desierto:

‘Preparen el camino del Señor;

ábranle un camino recto.’”

La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; su comida era langostas y miel del monte. La gente de Jerusalén y todos los de la región de Judea y de la región cercana al Jordán salían a oírle. Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.

Mateo 3.1-6 DHH

+ Reflexionemos

El pueblo de Israel esperó mucho tiempo a un Mesías, todo el camino de regreso a los profetas. En su mensaje de juicio y restauración, Isaías señala la llegada del Señor. “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto.'”(Isaías 40.3). Las mismas palabras se repiten en el Evangelio de Juan, esta vez atribuidas a Juan el Bautista quien anuncia a Jesús.

El mensaje de Juan el Bautista está lleno de urgencia. El reino de los cielos está cerca. Él recomienda a su audiencia alejarse de sus pecados. Prepararse. Preparen el camino. Hagan un camino recto. ¡El Señor viene!

También nos preparamos, con urgencia, para la llegada de Cristo. Durante Adviento preparamos nuestros corazones y mentes para recibir a Jesús. ¿Cómo lo hacemos? Confesamos nuestros pecados, despejamos el camino. Practicamos el arrepentimiento, enderezamos nuestro camino. Vivimos la Palabra de Dios, caminamos en los caminos de Cristo. Hacemos cambios internos y externos, dejando que el reino de Dios se acerque, llegando a su plenitud en nosotros (Lucas 17.20-21).

+ Respondamos

Elija una tarea como limpiar un cajón en su casa o quitar la maleza de su jardín. ¿Qué se siente al desordenar, organizar, limpiar? Mientras realiza su tarea, pídale a Dios que elimine cualquier pecado en su vida y lo lleve al arrepentimiento, preparándolo para la llegada de Cristo.

Domingo, 24 de diciembre 2017

Misericordioso Dios de paz, tú conoces los desiertos por los que paso. Sabes dónde me faltan los recursos y el apoyo que necesito. Ven rápidamente a mi rescate. Restaura mi vida Amén.

Que se alegre el desierto, tierra seca;

que se llene de alegría, que florezca,

que produzca flores como el lirio,

que se llene de gozo y alegría.

Dios lo va a hacer tan bello como el Líbano,

tan fértil como el Carmelo y el valle de Sarón.

Todos verán la gloria del Señor,

la majestad de nuestro Dios.

Fortalezcan a los débiles,

den valor a los cansados,

digan a los tímidos:

“¡Ánimo, no tengan miedo!

¡Aquí está su Dios para salvarlos,

y a sus enemigos los castigará como merecen!”

Isaías 35.1-4 DHH

Todos caminamos por desiertos en nuestras vidas. Estos son tiempos definidos por lo que perdemos: alguien a quien amamos ha muerto o se ha ido, hemos perdido el empleo, nuestra salud ha disminuido. En el desierto nos encontramos con tierras baldías emocionales de dolor, soledad o desesperanza. Los desiertos son territorios estériles; hay pocos signos de vida.

Sin embargo, esta profecía en Isaías dice que Dios restaurará a la vida incluso al desierto. Ya no será un lugar sin recursos. Florecerá, será hermoso y fértil. El desierto cantará y gritará de alegría. Las flores florecerán. Todos verán el esplendor del Señor.

Esta visión fructificará en la historia de Israel cuando los exiliados regresan a Jerusalén. Esperamos su cumplimiento en nuestras propias vidas. Anticipamos que Cristo viene a nuestros desiertos, trayendo vida.

Él fortalecerá nuestras manos cansadas y nuestras rodillas temblorosas. Reemplazará nuestro desaliento con paz. Las palabras de Isaías también son para nosotros: “¡Ánimo, no tengan miedo! ¡Aquí está su Dios para salvarlos!”.

¿Qué desierto has atravesado, o estás caminando actualmente? ¿Un evento específico causó este período difícil? ¿Qué emociones has experimentado? ¿Qué te falta o has perdido? Ahora imagina la luz de Dios entrando a tu desierto. Siente la paz de Dios llenando el yermo. Descansa en la presencia de Dios.

+ Oremos

Misericordioso Dios de paz, tú conoces los desiertos por los que paso. Sabes dónde me faltan los recursos y el apoyo que necesito. Ven rápidamente a mi rescate. Restaura mi vida Amén.

+ Leamos

Que se alegre el desierto, tierra seca;

que se llene de alegría, que florezca,

que produzca flores como el lirio,

que se llene de gozo y alegría.

Dios lo va a hacer tan bello como el Líbano,

tan fértil como el Carmelo y el valle de Sarón.

Todos verán la gloria del Señor,

la majestad de nuestro Dios.

Fortalezcan a los débiles,

den valor a los cansados,

digan a los tímidos:

“¡Ánimo, no tengan miedo!

¡Aquí está su Dios para salvarlos,

y a sus enemigos los castigará como merecen!”

Isaías 35.1-4 DHH

+ Reflexionemos

Todos caminamos por desiertos en nuestras vidas. Estos son tiempos definidos por lo que perdemos: alguien a quien amamos ha muerto o se ha ido, hemos perdido el empleo, nuestra salud ha disminuido. En el desierto nos encontramos con tierras baldías emocionales de dolor, soledad o desesperanza. Los desiertos son territorios estériles; hay pocos signos de vida.

Sin embargo, esta profecía en Isaías dice que Dios restaurará a la vida incluso al desierto. Ya no será un lugar sin recursos. Florecerá, será hermoso y fértil. El desierto cantará y gritará de alegría. Las flores florecerán. Todos verán el esplendor del Señor.

Esta visión fructificará en la historia de Israel cuando los exiliados regresan a Jerusalén. Esperamos su cumplimiento en nuestras propias vidas. Anticipamos que Cristo viene a nuestros desiertos, trayendo vida.

Él fortalecerá nuestras manos cansadas y nuestras rodillas temblorosas. Reemplazará nuestro desaliento con paz. Las palabras de Isaías también son para nosotros: “¡Ánimo, no tengan miedo! ¡Aquí está su Dios para salvarlos!”.

+ Respondamos

¿Qué desierto has atravesado, o estás caminando actualmente? ¿Un evento específico causó este período difícil? ¿Qué emociones has experimentado? ¿Qué te falta o has perdido? Ahora imagina la luz de Dios entrando a tu desierto. Siente la paz de Dios llenando el yermo. Descansa en la presencia de Dios.

Lunes, 25 de diciembre 2017

Misericordioso Dios de paz, encuéntrame en mi espera. Asegúrame la promesa de que no hay nada que no puedas hacer. Ayúdame a ver tu paz que ya está emergiendo a mi alrededor. Lleva a la plenitud la nueva vida que se mueve dentro de mí. Amén.

A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: —¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo.

María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: —María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin.

María preguntó al ángel: —¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?

El ángel le contestó: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.

Entonces María dijo: —Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.

Con esto, el ángel se fue.

Lucas 1.26-38 DHH

Adviento es un tiempo de espera anhelante de que Dios haga lo imposible. Hemos escuchado las promesas de Dios dichas en todas las Escrituras: consolar y restaurar, inaugurar la paz y la justicia. Pero, ¿creemos que estas promesas se materializarán en nuestras propias vidas? ¿Esperamos con la misma expectativa con María criaba al Mesías?

Cuando el ángel se le apareció a María, ella respondió: “¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?”. Sin embargo, ella escuchó las palabras del ángel, “Para Dios no hay nada imposible”. Y su obediencia la impulsó hacia adelante, “Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.”

Mientras esperamos la llegada de Cristo, también alimentamos las agitaciones de una nueva vida. Esperamos promesas aún sin cumplir. En nuestras horas de espera, podemos escuchar la seguridad del ángel de que Dios puede hacer todas las cosas. Aunque a veces es difícil, el ejemplo de obediencia de María puede ayudarnos a seguir adelante. Podemos volver nuestros corazones a Dios una y otra vez, diciendo: “Yo soy esclava del Señor”.

La paz de Dios no depende de nuestras circunstancias. Está disponible incluso cuando las cosas no van bien. Practica la obediencia y la confianza en Dios, a pesar de las dificultades que podamos enfrentar. Cada vez que surjan preocupaciones, temores o crisis, di: “Yo soy el siervo del Señor”, “Yo soy la sierva del Señor”. Deja que estas palabras te ayuden a confiar en ti mismo, sea por lo que estés pasando, y en la salida de Dios.

+ Oremos

Misericordioso Dios de paz, encuéntrame en mi espera. Asegúrame la promesa de que no hay nada que no puedas hacer. Ayúdame a ver tu paz que ya está emergiendo a mi alrededor. Lleva a la plenitud la nueva vida que se mueve dentro de mí. Amén.

+ Leamos

A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: —¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo.

María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: —María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin.

María preguntó al ángel: —¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?

El ángel le contestó: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.

Entonces María dijo: —Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.

Con esto, el ángel se fue.

Lucas 1.26-38 DHH

+ Reflexionemos

Adviento es un tiempo de espera anhelante de que Dios haga lo imposible. Hemos escuchado las promesas de Dios dichas en todas las Escrituras: consolar y restaurar, inaugurar la paz y la justicia. Pero, ¿creemos que estas promesas se materializarán en nuestras propias vidas? ¿Esperamos con la misma expectativa con María criaba al Mesías?

Cuando el ángel se le apareció a María, ella respondió: “¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?”. Sin embargo, ella escuchó las palabras del ángel, “Para Dios no hay nada imposible”. Y su obediencia la impulsó hacia adelante, “Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho.”

Mientras esperamos la llegada de Cristo, también alimentamos las agitaciones de una nueva vida. Esperamos promesas aún sin cumplir. En nuestras horas de espera, podemos escuchar la seguridad del ángel de que Dios puede hacer todas las cosas. Aunque a veces es difícil, el ejemplo de obediencia de María puede ayudarnos a seguir adelante. Podemos volver nuestros corazones a Dios una y otra vez, diciendo: “Yo soy esclava del Señor”.

+ Respondamos

La paz de Dios no depende de nuestras circunstancias. Está disponible incluso cuando las cosas no van bien. Practica la obediencia y la confianza en Dios, a pesar de las dificultades que podamos enfrentar. Cada vez que surjan preocupaciones, temores o crisis, di: “Yo soy el siervo del Señor”, “Yo soy la sierva del Señor”. Deja que estas palabras te ayuden a confiar en ti mismo, sea por lo que estés pasando, y en la salida de Dios.

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